La filosofía necesita de condiciones empíricas también. Necesita que los trazos que forman habitualidades se quiebren, que lo cotidiano rompa en misterio, y el misterio en sublimidad. Las preguntas fundamentales no surgen de sujetos dioses, sino de la fortuna, de lo aleatorio, de la "contra-causalidad".
Si veo el pasado, las grandes épocas, en determinados lugares, de pensamiento efervescente, no puedo sino sentir una fuerte envidia, una nostalgia de algo no vivido, un deseo de introyectarme en ese fantasioso transcurrir.
Sin embargo, me aqueja la duda del trazo cotidiano. No puedo sino pensar que la filosofía, atada al desgarramiento de lo común, surge mayormente acompañada del dolor y de la tristeza, y es allí cuando el conducirme por las señales del sano camino a la propia morada no me resultan tan penosas.
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