El tiempo nos lleva puestos. Todo envejece, pese a que veamos "naceres". Poco importa el status ontológico del tiempo, el sentido del tiempo nos hunde sus raíces en todo lo que percibimos y reflexionamos. En todo encontramos la huella del tiempo. Hay tiempo porque hay cambio y viceversa. ¿Qué pasa cuando el tiempo y el cambio se apoderan con fuerza de lo externo, pero dejan nuestros pensamientos en formol? Sencillo: buscamos la mímesis sin peros.
También podría suceder lo contrario, debo reconocer; es decir que el tiempo podría operar con mayor fuerza en nosotros que en nuestro entorno. En este caso, no debería fantasearse con rogar al tiempo que acomode lo exterior desfasado. Esperar ello solo conduciría a la frustración. Si se quiere lograr el acomodo es necesario que nuestro pensamiento mueva nuestra extensión y dirija nuestro estar hacia otros lugares, ya que el Mundo es tan grande como nuestra curiosidad y, por suerte, en él coexisten infinitos tiempos.
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