Media hora de escritura. Salga lo que salga. Dede ahora en más, prohibido borrar.
Departamento, manos caen sobre teclado, soctubre pero de noche fría. Las persianas tapan el mundo, o al menos la ciudad. desenrosco la botella, tomo del pico y la dejo del otro lado. Al lado , una mancha de café que no me interesa limpiar, o quizás de otra cosa.
Mañana, un día como cualquier otro, lamentablemente. ¿será el marketing-world el que nos genera expectativas de , pienso un largo rato y rasco mi nariz, estar haciendo siempre lo nuevo con éxito y felicidad? ¿por qué el horror a lo previsible aún cuando lo previsible carece de males, o eso parece?
Paradoja constante de los malos tiempos añorar aquellos momentos en los que lo previsible aburrido nos parece un estado de vida envidiable. Ocurre tanto en la tragedia como en la toma de riesgo que mal acaba. Tomo el celular, contesto , aunque en realidad primero lo escribí y luego lo hice.
VUelvo a pensar en mañana pero en tanto mis ocupaciones, en tanto lo que me pedirán, lo que se espera de mí. Ello parece el motor más potente en mi pensamiento semanal, aunque intento despegarme de la maquinaria remisional cuando mi cuerpo ya dejó el lugar de efectivización de las órdenes.
Intento saltar por sobre mi futuro inmediato, invoco a la sub specie aeternitatis, pero ella permanece muda, y el hábito termina por hacer el resto. Ello, casi todos los días. Cuando no, cometo alguna locura que termina acribillada casi siempre, ya que los momentos racionales posteriores afeitan sus nuevos vellos.
Mi esperanza es tan vana como simple: que los efectos de los actos de locura me encuentren arriesgado y la siguiente locura potencie la anterior. Pero eso digo hoy, sintiendo que el letargo racional parece no tener fin.
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