Entiendo a Enrique de Ofterdingen y entiendo a Wilhelm Meister, ¿será la mía la peor de las tragedias vitales? ¿una dialéctica irresuelta entre la ilimitación y el pragmatismo? ¿un sendero cuántico de rutas meramente probables y circulares?
Cada amanecer es una nueva proyección, un nuevo proyecto; dudas y certezas intercambian posiciones: la sociabilidad y la soledad, el optimismo y la desesperanza, la virtud y el egoísmo, la trigonometría y la bohème.
¿Será por siempre esta juventud?
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