No se equivocaba, encontrarse entre sus digresiones en una tarde de sincera soledad produce los más auténticos cuestionamientos respecto de la pregunta humana más importante: ¿cómo debo vivir?
Sin embargo, al escoger el martillo, la respuesta -que nunca será definitiva- se ubica más cerca de ser horizonte que útil a-la-mano. El martillo rompe, inutiliza todo aquello que lo desafía, aplasta todo resquicio de resistencia y hace de su negación la mismísima nada. El martillo es por definición lo estanco, lo quieto, lo inmutable. Solo es deseable al momento de derrumbar grandes y poderosos engaños, pero ello ocurre en un número muy limitado de universos. En las más de las veces haríamos mejor en tomar de lo profundo aquella herramienta de las distinciones, del reordenamiento sin destrucción, de la limpieza, aquella que descubre, desvela, trae a la luz lo escondido. En las más de las veces haríamos bien en tomar la hoz y segar, volver a cubrir, segar, recalcular, cubrir, segar, caminar felizmente con el nuevo orden y luego volver a segar, cubrir, recalcular y segar, porque, si de algo tenemos certeza, es de que los vientos jamás se detienen.