lunes, 31 de agosto de 2015

Segar

Cierto filósofo que merece mi respeto solía decir que gustaba de filosofar a martillazos, ¡qué fuerza! ¡qué potencia estética!
No se equivocaba, encontrarse entre sus digresiones en una tarde de sincera soledad produce los más auténticos cuestionamientos respecto de la pregunta humana más importante: ¿cómo debo vivir?
Sin embargo, al escoger el martillo, la respuesta -que nunca será definitiva- se ubica más cerca de ser horizonte que útil a-la-mano. El martillo rompe, inutiliza todo aquello que lo desafía, aplasta todo resquicio de resistencia y hace de su negación la mismísima nada. El martillo es por definición lo estanco, lo quieto, lo inmutable. Solo es deseable al momento de derrumbar grandes y poderosos engaños, pero ello ocurre en un número muy limitado de universos. En las más de las veces haríamos mejor en tomar de lo profundo aquella herramienta de las distinciones, del reordenamiento sin destrucción, de la limpieza, aquella que descubre, desvela, trae a la luz lo escondido. En las más de las veces haríamos bien en tomar la hoz y segar, volver a cubrir, segar, recalcular, cubrir, segar, caminar felizmente con el nuevo orden y luego volver a segar, cubrir, recalcular y segar, porque, si de algo tenemos certeza, es de que los vientos jamás se detienen.

Vivir

La vida es una experiencia única y seguramente la única experiencia; la exigencia ética es vivirla, con todo lo que ello significa. Las horas no vuelan, los días no corren, lo que se pudre es el sentido; atreverse a sobrepasar la expectativa superficial, hundirse en lo profundo y desconocido del deseo y la pasión, disfrutar de los fuegos artificiales solo cuando se interponen en tu camino y jamás dejarse estafar con su brillo infructuoso. Las entrañas piden más, la vida pide más, no te defraudes.

Bellas palabras

y en el fluir de la serie de consonantes y vocales que vibran, se esconden, se mezclan, chocan y se apagan, mi sentir evoca esa pasión desenfrenada por jamás dejar de prestar oído a las bellas palabras y volar como el pájaro que busca su nido en el cielo.

domingo, 9 de agosto de 2015

Convicción

El festejo, aprobación, consentimiento respecto de lo que hacés, más vale que prenda en tu juego interno una señal de alerta, de duda, de curiosidad. Disfrutamos demasiado del elogio, pero el elogio por sí, si no está respaldado por convicción interna, es un simple anestésico que más tarde o más temprano te devuelve a la inevitable pregunta por el sentido, y quizás con más dolor.