jueves, 2 de julio de 2015

Ciudad y libertad

Y al leer sobre gauchos, montoneras, el infinito desierto pampeano y aquellas multitudes anónimas que cruzaban hasta no hace mucho estos barros al pelo de un corcel cualquiera por solo volver a perderse en el horizonte, la sensación de estar atrapado en una mega-metrópoli, de correr al subte solo para ahorrar unos cuantos minutos que jamás sabremos para qué utilizaremos, no puede producir sino la claustrofobia abrumadora del minero en su primerísima incursión a la oscuridad.
No somos capaces de definir a la libertad. Es nuestra imaginación, con su doble naturaleza de aliada y traicionera, la que nos permite concebirla y al mismo tiempo la oculta: jamás un concepto será sus imágenes. Es cierto, no la definiremos nunca y jamás la conoceremos, pero ¿quién es capaz de no auto-engañarse por un rato y sentir ese indescriptible placer soñado al ver a esos primos lejanos montarse al lomo y, con un golpe de tobillo sin estribos, galopar por el llano desconociendo todo límite?



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